Los encuentros

Cargando...

LOS ENCUENTROS ( dos variaciones sobre el mismo tema)

       A) EL LABERINTO ORDENADO

       No sabía Daniel en qué consistía la tolerancia. Quizá un silencio o una transigencia, quizá una acomodación de los sentidos, quizá un pudor.

       Preguntó a los viejos más olvidados y callados del pueblo esperando encontrar en la economía de sus palabras el auxilio revelador de una señal. Pero los viejos estaban ya muy lejos, hablaban otras lenguas y sólo recordaban los fosos y los muertos de una guerra civil.

       Subió Daniel a las cumbres más altas y a los refugios, encontró a los filósofos contemplando el vuelo de las águilas y les preguntó. Y los filósofos sólo le hablaron de lo que parecía haber detrás del vuelo y el canto de los abejarucos.

       Preguntó Daniel a los poetas, y los poetas, orgullosos y lúcidos, lo remitieron a sus versos y le recomendaron el consuelo abundante de las palabras y los conceptos.

       En el ambiente familiar de los pasillos y de las aulas preguntó Daniel a sus profesores más queridos y los profesores le dibujaron en las pizarras el paraíso perdido donde reinaba la autoridad y el orden, antes de la manzana.

       Preguntó Daniel a sus colegas qué era la tolerancia y éstos le hablaron atropelladamente de derechos y códigos secretos, de muros blancos, de mensajes y signos en vagones de tren.

       Insatisfecho y desalentado recorrió las aceras esperando encontrar en los anuncios luminosos la clave de tanta confusión. Pero pronto comprendió que los anuncios no entendían las reglas de los juegos de rol.

       Desengañado ya e indiferente a las promesas se dejó guiar por los sonidos y entró en la discoteca. Allí, en el centro de la pista central, se movían y saltaban los contorsionistas. Una babel de razas y de lenguas recorría el enorme salón y se movía inexplicablemente sincronizada. A los colores de los focos, multicolores, se unía el distinto color de la piel de los danzantes. En un ángulo de la barra interminable del bar, María, vestida con los colores del agua, besaba a María, Manuel a Manuel. De pronto el disco pub, ensordecedor y asfixiante, se insonorizó. Entonces lo comprendió todo. Con movimientos libres y acompasados, sintiéndose arropado por aquel grupo tan desigual pero tan cálido, Daniel bailó también.

       A) PASIÓN

       Elena quería saber qué era la pasión. Toda su información venía de las telenovelas y las películas, de las novelas rosa y las tertulias de vecinas. Quizá fuese un estremecimiento, o el escalofrío con que la piel reacciona ante una caricia, un cambio brusco de temperatura, o tal vez una emoción. Quizá fuese un rubor. Podía ser también un dolor interior, un sufrimiento o una pesadumbre. No había manera de olvidar aquella palabra que a la vez le provocaba atracción y repulsa, desasosiego y placer.

       Preguntaba Elena a las taquilleras del cine, poseedoras de la ciencia y la sabiduría, la memoria sagrada de los argumentos y las películas, qué era la pasión. Y ellas le mostraban trozos pequeños de celuloide donde, colocados al trasluz, un hombre besaba a una mujer, besaba a una mujer, besaba a una mujer, y la abrazaba, la abrazaba, la abrazaba.

Y aunque aquellos trocitos, que podían llevarse en el bolsillo del pantalón o la camisa, llevaban a Elena a los colores de la selva y la lluvia del trópico, ella se sentía desprotegida y prefería no entrar en la sala.

       Se acercaba Elena a los actores y a las artistas y quería saber si la pasión estaba en los guiones y en sus labios pintados y en sus ojeras simuladas y en sus lágrimas de glicerina y de sal. Y los actores y las artistas le obsequiaron con una representación dramática donde el protagonista elevaba la voz y declamaba. Tuvo frío la muchacha y se alejó.

       Preguntaba Elena a sus compañeros de clase, en las largas tardes de silencio y de biblioteca, qué era la pasión. Los animaba con sus ojos, casi los imploraba, les dejaba el destino en el socorro de sus palabras y en el descubrimiento de aquella verdad.

Pero los compañeros quisieron contestar su pregunta exponiéndole, en la penumbra del recinto, el misterio de sus tatuajes, sus bocas encendidas y unas manos ardientes que le allanaban, entre risas, los pliegues y las arrugas de su pantalón. Se divertía la muchacha con las bromas alocadas de los chiquillos pero, esquivando sus dedos largos y húmedos como serpientes, su abrazo posesivo y su mirada, tuvo también frío y se alejó.

      Preguntó ahora Elena a su madre qué era la pasión y su madre le habló de unos tiempos lejanos de noviazgo y de boda, de unos hijos que nacen, de unos hijos que crecen. También le habló de la pasión de madre y los besos de madre y los miedos de madre. Pero ella tampoco encontró en aquellas palabras, que eran dulces y cálidas, el deslumbramiento de una revelación.

       Confundida y desanimada caminaba despacio las calles y las plazas de la enorme ciudad. En el tumulto que llenaba la acera, en el sonido estridente de motos y automóviles y el esplendor luminoso del ruido que adormece y atonta, creyó encontrar la fuerza de una pasión. Pero todos pasaban a su lado sin detenerse, iban y venían sin detenerse, buscaban algo quizá, como ella lo buscaba, pero sin detenerse. Y allí, en el mismo centro de la calle, teñida por el rojo del semáforo que felizmente la detenía, la descubrió. Iba vestida con los colores de la noche, piel negra su cazadora, piel sobre piel, totalmente abierta desde su cuello a la cintura. Se buscaban, se encontraron, se miraron, se besaron. Ahora el verde la cubre y su pelo relampaguea como las hojas de la encina. Y ahora el ámbar las tiñe de dorado, como si hubiese vuelto la luz del día. Ni siquiera tuvo que preguntarle el nombre: “Tú eres Pasión”.